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martes, 15 de mayo de 2012

La reforma de la Universidad: preguntas erróneas, respuestas incorrectas


El profesor Ernest Lluch insistía en sus magistrales clases de historia del pensamiento económico, que más de la mitad de la resolución correcta de un problema consistía en formular la cuestión a resolver con rigor metodológico y datos ciertos. Tras escuchar al señor Wert, nuestro ministro de Educación Cultura y Deporte, en la rueda prensa posterior al Consejo de Ministros del pasado viernes 13 de abril, nos ha surgido una seria preocupación respecto a cuál es la naturaleza del examen al que se somete a la comisión de expertos creada para hacer propuestas sobre la gobernanza, el proceso de selección y acreditación del profesorado y los estudiantes, y la economía y las finanzas de las universidades.
Nada que objetar -todo lo contrario- a contar con el asesoramiento de una comisión de expertos, cuya composición nos merece además la mayor de las consideraciones y respeto, personas todas ellas cualificadísimas y que seguramente conseguirán pasar la prueba con matrícula de honor, aunque el planteamiento del problema a resolver que les ha formulado el señor ministro está plagado de datos erróneos y juicios de intención sobre el actual funcionamiento de la universidad española, que justifican la reforma de la actual gobernanza universitaria.
El señor ministro Wert no ha dejado de preguntarse desde su toma de posesión por qué no hay ninguna universidad española entre las 100 primeras de los rankings internacionales. Hay que explicarle que los citados rankings se refieren casi exclusivamente a la actividad investigadora, y que de esos primeros 100 puestos, 99 están ocupados por universidades que operan en países con un sector científico-tecnológico (I+D+i) que supera en todos los casos el 2,3% del PIB (llegando a superar el 3% en el caso de USA), mientras que en España el sector I+D+i está en el 1,3% y bajando. ¿Habrá quizás alguna relación de causalidad en esta circunstancia? La única universidad fuera de esa norma es la Universidad de Moscú.
El planteamiento de Wert a los expertos para la reforma universitaria está lleno de datos erróneos
El señor ministro Wert insiste en que la universidad española tiene un 30% de abandono en la enseñanza superior, no es correcto. Existe ese porcentaje de abandono de las titulaciones (en un 70% de los casos para cambiar a otras titulaciones), no de los estudios universitarios, en los que la tasa de abandono es inferior al 12%. Como ya explicamos en su día (El País, 10 de junio 2011) el cálculo del profesor Dolado, que es el que ha puesto números a ese “despilfarro” de 3.000 millones en el sistema universitario español , es erróneo y carece de objetividad.
El señor ministro Wert presenta como una demostración del fracaso de la universidad, que existe un 21% de desempleo entre los universitarios de 25 a 29 años, lo que es desde luego una realidad drámatica, pero un 60% menos drámatica que la del paro juvenil total superior al 50%. Como lo es que la tasa de desempleo de los titulados universitarios sea del 12%, frente al 24% del conjunto del mercado laboral.
El Ministro insiste en que nuestra universidad tiene un 30% de abandono y es inferior al 12%
El señor ministro Wert entiende, y comprobamos que es una moda extendida en las dos “capitales”, que despide un fuerte aroma centralista (sí, también existe el centralismo catalán), que en España se han creado demasiadas universidades, en demasiados territorios. Desde luego el Estado de California no tiene 10 universidades como afirmó rotundamente el señor ministro en la rueda de prensa, sino exactamente 146, es decir casi el doble que en España. Pues bien por aclarar la cuestión, y por citar sólo a los dos países con más universidades en los 100 primeros puestos de los rankings internacionales: en Estados Unidos hay 309 millones de habitantes y 3.277 universidades, es decir una universidad por cada 94.000 habitantes; en el Reino Unido hay 61 millones de habitantes y 241 universidades, es decir una universidad por cada 253.000 habitantes. En España somos 47 millones de habitantes y tenemos 79 universidades, es decir, una universidad por cada 582.000 habitantes. ¿Cuál es el problema?¿Donde está la sobredimensión del número de nuestras universidades? Al contrario, lo que seguramente tenemos es un problema de excesivo tamaño y falta de especialización de nuestras instituciones, que deben consolidarse y especializarse, mejorando -precisamente con ello- su gobernanza y su capacidad de excelencia. ¿A ver cuántas universidades de más de 20.000 alumnos (tamaño medio español) encuentran entre las 100 primeras de los rankings mundiales?
Los datos de la OCDE en Educatión at a glance 2011, sobre rendimiento académico en los estudiantes de educación superior, revelan que un 79% de los universitarios españoles obtiene su diploma en la “edad típica” de obtenerlos, frente a un 70% de la OCDE.
Y si hablamos de esfuerzo en gasto público, tendremos que reconocer -al menos- que las universidades públicas proveen de estudios superiores a sus alumnos a un coste total significativamente inferior (como mínimo un 25% de media) que el que exigen las universidades privadas a sus estudiantes. ¿No debemos considerar este detalle si hablamos de eficiencia?
Para terminar con los datos, debemos señalar que aunque efectivamente el esfuerzo en becas ha mejorado en los últimos años, seguimos dedicando a ese capítulo la tercera parte que la media de los países de la OCDE.
No, señor ministro Wert. No le han facilitado los datos adecuadamente y -en consecuencia- no dispone usted de un diagnóstico certero de los problemas del sistema universitarios español. Es cierto que hay problemas de baja demanda en muchos títulos (muy acusado en los Masters), de inactividad de una parte de la capacidad científica disponible y, sobre todo, de traslación al tejido productivo de valor añadido para innovar y competir mejor. Pero mal haremos si denostamos, y menos el ministro de Educación de España, lo que funciona más que aceptablemente como la docencia universitaria y la productividad científica. Ambas resisten sin esfuerzo una comparación internacional, invirtiendo en ello un 20% menos de recursos anuales que en la media de la OCDE (1,2 % del PIB, respecto a 1,5% del PIB).
El balance general no es catastrófico como se pretende, ni mucho menos, aunque hay áreas de la actividad universitaria que pueden y deben ser mejoradas. Y efectivamente, la universidad española es un puntal de nuestro futuro y merece una atención reformista de primer orden y la atención prioritaria de la política gubernamental. Los objetivos de ese impulso no pueden ser otros que ampliar la excelencia académica y científica y mejorar mucho el rendimiento social del gasto universitario (público y privado).
Seguramente estamos de acuerdo en que reformar la gobernanza de las universidades (públicas suponemos) ayudaría a ello. Aunque no es un caso único, reconozcamos que hay otras muchas gobernanzas manifiestamente mejorables ¿la de la Unión Europea?, ¿la del sistema financiero? , y un largo etc. con efectos mucho más letales y que requerirían una acción más decidida. Pero si estamos decididos a ello, y parece que lo estamos desde el primer día de la toma de posesión del señor ministro, hay que ser capaces de reconocer que es un tema complejo, delicado, en el que no es fácil acertar, y en el que es posible incluso empeorar.
Puestos de acuerdo en que conviene cambiar el sistema de gobernanza, aspecto que junto con otros son considerados estratégicos en el Documento de la Comisión Mixta de Financiación (26/04/2010), es preciso hacer diana en la elección, y para ello parece lógico imitar a los mejores: mucha autonomía académica, mucha cualificación profesional en los máximos responsables, fuertes capacidades de auto-organización, empezando por la selección de estudiantes, profesores, investigadores y gestores, con un marco laboral a la vez flexible y estable, y la libre fijación de precios y salarios; y siguiendo: más flexibilidad, menos regulación, menos intervencionismo administrativo, menos obligaciones burocráticas y más evaluación externa rigurosa y objetiva., cero de intervención política, menos subvenciones, pero mucha más financiación pública y privada por resultados.
José Antonio Pérez García (UPV) y Juan Hernández Armenteros (UJA) son economistas y expertos en financiación universitaria.

viernes, 3 de abril de 2009

El sistema educativo español

En los últimos días se ha generado un debate, con mejores o peores intenciones, acerca de un posible acuerdo PSOE/PP en lo referente al tratado de Bolonia y a su implantación en la universidad pública española. No pretendo comenzar un debate relacionado con las supuestas bondades de los cambios que se han de experimentar en los próximos años. Lo que sí quisiera es reflexionar acerca de los problemas educativos que hemos vivido en las últimas décadas. Si bien la educación ha de ser la prioridad de nuestros gobernantes, los datos del informe Pisa el 2006 muestran el fracaso del sistema, sin duda debido a la falta de interés de algunos equipos de gobierno tanto nacionales como autonómicos.

Este punto de vista fue defendido por Arturo Pérez-Reverte a finales de 2007 en un texto publicado en un suplemento dominical. Dicho texto muestra la profunda desidia de la clase política por la preparación de las nuevas generaciones que habrán de "tirar del carro" en los próximos años. Serán jóvenes pero ¿estarán lo suficientemente preparados para dirigir nuestro destino?

Este es el texto en cuestión, publicado en XL Semanal, y que una compañera de la Universitat per a Majors (Paqui Vidal) ha tenido a bien hacerme llegar. Creo que merece bastante la pena.



PERMITIDME TUTEAROS, IMBÉCILES

Cuadrilla de golfos apandadores, unos y otros. Refraneros casticistas analfabetos de la derecha. Demagogos iletrados de la izquierda. Presidente de este Gobierno. Ex presidente del otro. Jefe de la patética oposición. Secretarios generales de partidos nacionales o de partidos autonómicos. Ministros y ex ministros –aquí matizaré ministros y ministras– de Educación y Cultura. Consejeros varios. Etcétera. No quiero que acabe el mes sin mentaros –el tuteo es deliberado– a la madre. Y me refiero a la madre de todos cuantos habéis tenido en vuestras manos infames la enseñanza pública en los últimos veinte o treinta años. De cuantos hacéis posible que este autocomplaciente país de mierda sea un país de más mierda todavía. De vosotros, torpes irresponsables, que extirpasteis de las aulas el latín, el griego, la Historia, la Literatura, la Geografía, el análisis inteligente, la capacidad de leer y por tanto de comprender el mundo, ciencias incluidas. De quienes, por incompetencia y desvergüenza, sois culpables de que España figure entre los países más incultos de Europa, nuestros jóvenes carezcan de comprensión lectora, los colegios privados se distancien cada vez más de los públicos en calidad de enseñanza, y los alumnos estén por debajo de la media en todas las materias evaluadas.

Pero lo peor no es eso. Lo que me hace hervir la sangre es vuestra arrogante impunidad, vuestra ausencia de autocrítica y vuestra cateta contumacia. Aquí, como de costumbre, nadie asume la culpa de nada. Hace menos de un mes, al publicarse los desoladores datos del informe Pisa 2006, a los meapilas del Pepé les faltó tiempo para echar la culpa de todo a la Logse de Maravall y Solana –que, es cierto, deberían ser ahorcados tras un juicio de Nuremberg cultural–, pasando por alto que durante dos legislaturas, o sea, ocho años de posterior gobierno, el amigo Ansar y sus secuaces se estuvieron tocando literalmente la flor en materia de Educación, destrozando la enseñanza pública en beneficio de la privada y permitiendo, a cambio de pasteleo electoral, que cada cacique de pueblo hiciera su negocio en diecisiete sistemas educativos distintos, ajenos unos a otros, con efectos devastadores en el País Vasco y Cataluña. Y en cuanto al Pesoe que ahora nos conduce a la Arcadia feliz, ahí están las reacciones oficiales, con una consejera de Educación de la Junta de Andalucía, por ejemplo, que tras veinte años de gobierno ininterrumpido en su feudo, donde la cultura roza el subdesarrollo, tiene la desfachatez de cargarle el muerto al «retraso histórico». O una ministra de Educación, la señora Cabrera, capaz de afirmar impávida que los datos están fuera de contexto, que los alumnos españoles funcionan de maravilla, que «el sistema educativo español no sólo lo hace bien, sino que lo hace muy bien» y que éste no ha fracasado porque «es capaz de responder a los retos que tiene la sociedad», entre ellos el de que «los jóvenes tienen su propio lenguaje: el chat y el sms». Con dos cojones.

Pero lo mejor ha sido lo tuyo, presidente –recuérdame que te lo comente la próxima vez que vayas a hacerte una foto a la Real Academia Española–. Deslumbrante, lo juro, eso de que «lo que más determina la educación de cada generación es la educación de sus padres», aunque tampoco estuvo mal lo de «hemos tenido muchas generaciones en España con un bajo rendimiento educativo, fruto del país que tenemos». Dicho de otro modo, lumbrera: que después de dos mil años de Hispania grecorromana, de Quintiliano a Miguel Delibes pasando por Cervantes, Quevedo, Galdós, Clarín o Machado, la gente buena, la culta, la preparada, la que por fin va a sacar a España del hoyo, vendrá en los próximos años, al fin, gracias a futuros padres felizmente formados por tus ministros y ministras, tus Loes, tus educaciones para la ciudadanía, tu género y génera, tus pedagogos cantamañanas, tu falta de autoridad en las aulas, tu igualitarismo escolar en la mediocridad y falta de incentivo al esfuerzo, tus universitarios apáticos y tus alumnos de cuatro suspensos y tira p’alante. Pues la culpa de que ahora la cosa ande chunga, la causa de tanto disparate, descoordinación, confusión y agrafía, no la tenéis los políticos culturalmente planos. Niet. La tiene el bajo rendimiento educativo de Ortega y Gasset, Unamuno, Cajal, Menéndez Pidal, Manuel Seco, Julián Marías o Gregorio Salvador, o el de la gente que estudió bajo el franquismo: Juan Marsé, Muñoz Molina, Carmen Iglesias, José Manuel Sánchez Ron, Ignacio Bosque, Margarita Salas, Luis Mateo Díez, Álvaro Pombo, Francisco Rico y algunos otros analfabetos, padres o no, entre los que generacionalmente me incluyo.

Qué miedo me dais algunos, rediós. En serio. Cuánto más peligro tiene un imbécil que un malvado.